el espacio de la memoria

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Tal vez debamos asumir que toda arquitectura está condenada a morir. En algunos casos se puede intentar recuperarla o transformarla, pero nunca será la misma. Se dice que si se mantiene activa se conseguirá que siga con vida, pero es imposible no pensar que cada vez se alejará más de su significado original. Que el espacio se transformará de tal forma que llegará un momento en que no se podrá seguir diciendo que se trata del mismo lugar. La sociedad y sus habitantes habrán cambiado hasta un punto en que no se reconozcan ya en ella.

No podemos parar el tiempo. Pero sí es legítimo un momento de nostalgia. Mirar atrás una última vez. Sentir cómo una época, y lo que pudiera suponer para nosotros, se escapa sin que podamos evitarlo. Asumir que cada vez somos menos capaces de comprender de verdad lo que tenemos delante de nuestros ojos. Empezar a mirar el pasado no desde el presente que no lo puede asimilar, sino desde ese futuro que tal vez pueda retomarlo para construir algo a partir de sus restos. Analizar y desmenuzar ese pasado, seleccionar, descontextualizar y abstraer los fragmentos para después poderlos recomponer y construir algo nuevo.

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la vida se abre camino

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La indefinición es un lujo que habitualmente no nos podemos permitir. Acostumbramos a programar minuciosamente cómo distribuimos nuestro tiempo entre las diferentes actividades y el diseño de los espacios refleja esa especialización temporal. Cada pieza debe tener un uso específico, cuando no un usuario concreto; incluso se utilizará en un momento dado del día. Y sin embargo, faltan espacios ambiguos que no sólo puedan usarse de forma diferente según la necesidad de cada ocasión, sino cuya propia esencia sea la imprecisión. Espacios consecuencia de su condición de estado intermedio en continua evolución que permite diferentes formas de desarrollo y apropiación. Espacios intermedios no sólo por encontrarse entre exterior e interior o porque sirvan de transición entre otros más definidos, sino porque niegan la condición de sentido final que todo diseño parece que debe tener. La indeterminación como herramienta para un desarrollo abierto. Una forma de concebir el proyecto que no busca un resultado único, ni siquiera la posibilidad de diferentes finales válidos. La indeterminación como estado buscado por sí mismo que se ofrece a sus habitantes como espacio de oportunidad. El valor de lo indefinido, del espacio más allá de la función, de aquel que parece que está de más, que es residual o superfluo, como espacio de libertad, como lugar para poder desarrollar la vida con todo su potencial. Un vacío cargado en permanente transición que se ofrece para que sea activado por los propios usuarios, lleno siempre de nuevas posibilidades, disponible para que en cada momento puedan apropiarse de él.

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el arte o la vida

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Entre 1926 y 1928 el filósofo Ludwig Wittgenstein, para resarcirse de algunas decepciones personales y académicas, concentró sus esfuerzos en la construcción de una vivienda en Viena para su hermana Gretl. Suele decirse que en ella materializó sus obsesiones filosóficas, pero más bien parece que le dedicó simplemente su carácter obsesivo, que le hacía preocuparse de holguras más allá de cualquier tolerancia razonable o posponer durante meses la elección de unas manillas. Se involucró de tal forma que orgullosamente mandó imprimir unas tarjetas de visita como “Ludwig Wittgenstein. Arquitecto”, aunque no se le conozca otra obra ni parece que tuviera nunca intención de ejercer. Su carácter llevó al límite la paciencia de su hermana y superó la del arquitecto original de la vivienda, Paul Engelmann, que la abandonó harto del esfuerzo inútil y su melancolía.

Años después el filósofo hablaba de la casa de su hermana como producto del buen hacer, de la comprensión de la cultura, de la atención al detalle, pero a la que falta -o que evita- la vida primitiva que quiere desfogarse, el animal salvaje domado que sería la característica del gran arte.[ver nota] Pero la casa de Wittgenstein es mucho más que la expresión del buen gusto. La obsesión por cada aspecto de la obra, la atención a la situación precisa de cada elemento en el conjunto, el diseño total, aunque muchas veces parezca ausente, reflejan un trabajo que huye de la vulgaridad de lo habitual y que busca una emoción estética racionalizada a partir de la sobriedad, la abstracción y la exactitud. La lógica no como la sucesión previsible e inexorable de una serie de pasos sino como verdadero acto de creatividad.

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la invención de la memoria

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Que la arquitectura pueda surgir del lugar en que se asienta, que deba partir de las condiciones concretas del entorno, es una idea relativamente reciente. La arquitectura como disciplina formal solía ser un ejercicio abstracto que cuando era materializado, ignoraba aquello que la rodeaba. Pero a lo largo del último siglo, el contexto ha sido uno de los conceptos más utilizados, estudiados y discutidos. Qué se considera contexto y cómo se debe reaccionar ante él son cuestiones que han evolucionado a lo largo de los años. Desde la respuesta a lo próximo, el entorno natural o los edificios vecinos, hasta una noción más abstracta que consistiría en el examen de las formas y estilos que pudieran considerarse propios, estén realmente presentes o no. Paradójicamente de aquí surge una idea de contexto como algo que no se refiere al entorno más próximo y que ni siquiera es puramente físico. Una definición que se dirige más a la realidad cultural y social. El contexto como construcción intelectual que permite a la arquitectura liberarse de las limitaciones de lo inmediato.

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el mundo está bien hecho

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Volvamos al origen. El del mito fundacional de la arquitectura que justifica su invención en la necesidad de defensa frente a la hostilidad del mundo. La primera arquitectura como refugio en que el hombre se defiende de las inclemencias del tiempo y se esconde de los peligros que le acechan. Desde ese momento se comenzaría a distinguir entre el espacio interior, que se considera controlable, frente al exterior, desordenado y hostil.

La arquitectura se ha podido hacer más compleja, pero los vestigios de su origen se reconocen todavía con claridad.  La noción habitual de lo doméstico no es más que el desarrollo de este concepto de la arquitectura como defensa, por el que la casa es el único lugar que el habitante puede considerar plenamente propio. Un lugar en que no sólo cree encontrarse a salvo, sino donde se desarrolla su intimidad. El único en que puede ser realmente él mismo. La casa como expresión de la esencia irreductible de su habitante no es sino un último paso más sofisticado de la arquitectura que surge del temor a la incertidumbre.

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la penúltima vanguardia

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En 1968 comienza su actividad el Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid, fruto de un convenio con la empresa IBM por el que esta le cedía un ordenador, una de esas grandes máquinas del tamaño de una habitación. En ese momento comienzan unos años de efervescencia artística alrededor del centro que suponen una experiencia singular dentro de la cultura española, pero también internacional. Una experiencia intensa pero breve que, sin embargo, pronto cayó en el olvido.

Con motivo del 50 aniversario, el Frac Centre-Val de Loire  de Orleans ha organizado la exposición Madrid, Octobre 68 en la que analiza la actividad artística del Centro de Cálculo en sus primeros cuatro años de existencia. Comisariada por Mónica García Martínez y Abdelkader Damani, la muestra constituye una oportunidad única de recorrer la historia de una experiencia tan inusual como desconocida, y de disfrutar de una amplia selección de las obras creadas alrededor del centro, muchas de las cuales permanecen en colecciones privadas y no se muestran al público habitualmente.

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gatos al sol

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Es conocida la frase en que Souto de Moura alaba la naturalidad de los edificios de Siza comparándolos con gatos durmiendo al sol. Según Georges Perec en Especies de Espacios, cierta casa de Wright “se había insertado en su colina como un gato que se arrebuja con un cojín”. Un elogio de esa arquitectura cuya forma se acomoda de tal modo en el lugar que se presenta como evidente que debía ser así y que no habría podido ser de otra manera.

Pero lo que después se muestra como incuestionable nunca lo es a priori. El edificio se adapta al lugar, sí, pero en realidad, como el gato de Perec, se hace sitio en él. Recoge alguna de sus trazas y las hace propias para imponer una nueva forma de estar allí. Esa naturalidad aparente no deja de ser en realidad artificiosa, el producto de una construcción mental que opera más allá de lo tangible. El resultado de una voluntad que se impone al lugar y al programa, que crea con ellos un organismo nuevo, un sistema cuyas reglas puede que provengan del entorno, pero que desarrollan su máximo potencial cuando se liberan de él.

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