esperanza para la arquitectura

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Una profunda declaración de amor y esperanza por la arquitectura como disciplina. Un sentido homenaje a las personas que se dedican a ella en todas partes del mundo. La edición de 2018 de la Bienal de Arquitectura de Venecia huye del espectáculo e intenta mostrar la gran diversidad de perspectivas de una profesión generosa y preocupada por lo que le rodea.

El lema elegido ha sido Freespace, un juego de palabras que podríamos traducir como “Espacio de la gratuidad”, es decir, de lo que se da sin pedir nada a cambio. Un lema abierto, mucho más ambiguo que en las últimas ocasiones, que busca sugerir antes que imponer un camino determinado. Las comisarias han sido Yvonne Farrell y Shelley McNamara, arquitectas irlandesas que combinan una sólida práctica profesional en Grafton Architects con su labor docente en diferentes universidades. En su manifiesto de convocatoria de la Bienal reivindican la arquitectura, ante todo, como espacio. Una arquitectura que promueva un contacto significativo entre las personas y un espacio de calidad, hecho para los habitantes, que satisfaga sus necesidades y eleve su espíritu, sin dejar de lado cuestiones sociales o medioambientales.

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un escenario de relaciones

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Que somos seres espaciales lo demuestra el hecho de que la intimidad no sea sólo un concepto abstracto, sino que sea una idea que ciertamente ocupa un lugar. La consciencia profunda de nosotros mismos, aquello que sentimos irrenunciablemente como propio, se proyecta más allá de nuestros límites corporales, se concreta y manifiesta en un espacio a nuestro alrededor. Un lugar que consideramos como parte de nosotros mismos, como nuestro último reducto, y en el que se refugian nuestros anhelos y aspiraciones más profundos. Un sistema espacial que no necesita tanto de unos límites precisos, sino que se construye a partir de los objetos en los que proyectamos nuestras convicciones, recuerdos y sentimientos.

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vivienda, industria, otra vez

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La relación entre industria y vivienda es la historia de uno de los grandes fracasos de la modernidad. La casa prefabricada es un mito que la recorre desde sus inicios y aunque tal vez impulsara muchos de sus hallazgos, no se generalizó tal y como muchos de los maestros pensaban. Siempre con la industria del automóvil como referencia – Le Corbusier y su Maison Citröhan, la Casa del Futuro de Alison y Peter Smithson, y tantos otros- ha sido una de esas eternas promesas que nunca llegan. Los motivos han sido diversos. Desde la solidez asociada a la arquitectura o el gusto conservador del gran público, hasta la relación con los medios de producción o el mismo tamaño del objeto. Una casa no es un coche, debe dar respuesta a situaciones programáticas cambiantes en el tiempo de mucha mayor complejidad. La necesidad de repetición invariable para alcanzar un nivel mínimo de producción que permitiera la reducción de costes traía consigo la dificultad para adaptarse a las condiciones propias de cada lugar, las necesidades particulares de cada propietario, la posibilidad de individualización y personalización. La tiranía de las economías de escala, que en principio era su principal ventaja, se convertía también en su principal inconveniente.

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jugando a vivir

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El tiempo es un concepto recurrente cuando se habla de arquitectura. Se piensa en cómo se comportará a lo largo de los años, cómo envejecerán los materiales y cómo se acabará integrando en el entorno. En cómo se transformará según cambien las necesidades. El tiempo se considera parte del proceso de construcción de la arquitectura. El edificio no está realmente terminado cuando se finaliza, sino que lo construido se seguirá transformando y ese devenir se incorpora al proyecto. La arquitectura se construye para el futuro y la posteridad.

Desde el movimiento moderno, al menos, el tiempo además se ha incorporado como parte fundamental de nuestra percepción del espacio. Éste no se concibe de forma estática, no se buscan las perspectivas insólitas, sino que se proyecta para experimentarlo al recorrerlo. El espacio aparece no como algo único e inmutable, sino como dinámico y diverso. La experiencia sensorial supera lo meramente visual e incorpora conceptos e intenciones que superan lo instantáneo.

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lujo

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Habitar es un proceso. Solemos proponer la arquitectura como si se tratara de un objeto o una estructura inmutable. Tal vez, como si fuera el marco de referencia donde acontece la vida. Sin embargo, la realidad es que la arquitectura es el resultado del desarrollo del entorno a lo largo del tiempo, de la transformación continua del lugar. Un proceso en que fondo y figura, acción y espacio, se hibridan y se hacen indistinguibles. Una casa tiene que considerarse siempre como incompleta, recorriendo un camino de incesante renovación, adaptándose a las necesidades cambiantes de sus habitantes y a las condiciones variables del entorno.

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un paisaje para vivir

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El paisaje es una de las más altas creaciones del hombre. Cuando hablamos de paisaje artificial en realidad estamos recurriendo a un pleonasmo, a una expresión que es redundante pero con la que destacamos una característica que en sí ya es inherente al término. El paisaje siempre es artificial. En contra de lo que podríamos pensar, no se encuentra en la naturaleza. Ni siquiera es una realidad exterior a nosotros. El paisaje está en la mirada del espectador. En la mirada que es capaz de establecer relaciones en lo que no son más que elementos independientes e inconexos. El paisaje es una proyección mental que organiza en un sistema coordinado y coherente estímulos dispersos y sin relación a priori. Al observar un paisaje, al convertir los impulsos exteriores en eso que llamamos paisaje, no solo respondemos a lo que captan nuestros ojos, sino que incorporamos nuestra historia personal, la forma que nuestra cultura tiene de interpretar lo que vemos. Construir el paisaje supone ordenar el mundo, apropiarnos del caos de la realidad para crear un lugar en el que podemos vivir.

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la arquitectura como pretexto

Julius Shulman. Casa Study House _ 22. 1960

Es evidente la influencia que la fotografía ha tenido en la evolución de la arquitectura. La expansión del movimiento moderno y la formación de un estilo que pudiera llamarse internacional no puede entenderse sin la fotografía como medio de difusión. Frente a la academia, establecida entonces en los centros de poder profesional, la arquitectura moderna fue capaz de usar las posibilidades de un medio que si bien no era realmente nuevo, no se había aprovechado hasta el momento. La incapacidad de representar o comunicar todos los matices del edificio la hacían muy efectiva para mostrar la novedad de esta arquitectura y difundir sus rasgos estilísticos: la ausencia de ornamentación, la potencia abstracta de las superficies, el edificio como objeto purista.

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