gatos al sol

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Es conocida la frase en que Souto de Moura alaba la naturalidad de los edificios de Siza comparándolos con gatos durmiendo al sol. Según Georges Perec en Especies de Espacios, cierta casa de Wright “se había insertado en su colina como un gato que se arrebuja con un cojín”. Un elogio de esa arquitectura cuya forma se acomoda de tal modo en el lugar que se presenta como evidente que debía ser así y que no habría podido ser de otra manera.

Pero lo que después se muestra como incuestionable nunca lo es a priori. El edificio se adapta al lugar, sí, pero en realidad, como el gato de Perec, se hace sitio en él. Recoge alguna de sus trazas y las hace propias para imponer una nueva forma de estar allí. Esa naturalidad aparente no deja de ser en realidad artificiosa, el producto de una construcción mental que opera más allá de lo tangible. El resultado de una voluntad que se impone al lugar y al programa, que crea con ellos un organismo nuevo, un sistema cuyas reglas puede que provengan del entorno, pero que desarrollan su máximo potencial cuando se liberan de él.

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la mirada horizontal

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Abrir un hueco en el muro. La costumbre hace que no reparemos en el sentido literal de la expresión. Sabemos, por supuesto, que ese hueco se construye junto al muro, que además este ya no es compacto, sino una sucesión de láminas independientes que se realizan en momentos diferentes. Pero en nuestra imaginación el hueco sigue siendo un elemento que se realiza con posterioridad a la parte sólida de la arquitectura. Un muro macizo y ciego que se rasga. El ambiente oscuro en el que la luz penetra de forma asombrosa por primera vez. El espacio cerrado que de repente se abre al exterior. La mentira constructiva de la metáfora encierra la verdad de la fuerza de una operación aparentemente ingenua pero que desvela la forma en que la arquitectura -el hogar, sus habitantes- se entiende a sí misma y se relaciona con el mundo.

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la trascendencia de la materia

 

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En la parte posterior de la isla de San Giorgio Maggiore, detrás del monasterio y de la Iglesia diseñados por Palladio cuya imagen desde San Marcos es una de las más famosas de Venecia, en un frondoso parque frente a la laguna, la Santa Sede ha invitado a diez arquitectos seleccionados por el historiador y crítico Francesco dal Co a construir un conjunto de pequeñas capillas independientes. Como modelo les propuso la Capilla en el bosque construida por Asplund en el cementerio de Estocolmo en 1920, cuyo diseño se expone en un undécimo pabellón que da entrada al conjunto. El encargo permitía la reflexión sobre la condición de una espiritualidad actual, la creación de un espacio de meditación para la búsqueda personal, en relación con la naturaleza, sin necesidades rituales ni servidumbres a un contexto construido. El individuo que se enfrenta a sí mismo y encuentra solo, en comunión con el cosmos, el camino hacia lo trascendental. Un planteamiento en principio abstracto y etéreo al que sin embargo la mayoría de invitados se han acercado desde la exploración de la materia y la exaltación de su capacidad de expresión. La materia como origen de una experiencia sensorial desligada de cualquier función práctica. La materia desnuda, cruda, brutal, desde la que se inicia el camino hacia lo espiritual.

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esperanza para la arquitectura

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Una profunda declaración de amor y esperanza por la arquitectura como disciplina. Un sentido homenaje a las personas que se dedican a ella en todas partes del mundo. La edición de 2018 de la Bienal de Arquitectura de Venecia huye del espectáculo e intenta mostrar la gran diversidad de perspectivas de una profesión generosa y preocupada por lo que le rodea.

El lema elegido ha sido Freespace, un juego de palabras que podríamos traducir como “Espacio de la gratuidad”, es decir, de lo que se da sin pedir nada a cambio. Un lema abierto, mucho más ambiguo que en las últimas ocasiones, que busca sugerir antes que imponer un camino determinado. Las comisarias han sido Yvonne Farrell y Shelley McNamara, arquitectas irlandesas que combinan una sólida práctica profesional en Grafton Architects con su labor docente en diferentes universidades. En su manifiesto de convocatoria de la Bienal reivindican la arquitectura, ante todo, como espacio. Una arquitectura que promueva un contacto significativo entre las personas y un espacio de calidad, hecho para los habitantes, que satisfaga sus necesidades y eleve su espíritu, sin dejar de lado cuestiones sociales o medioambientales.

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un escenario de relaciones

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Que somos seres espaciales lo demuestra el hecho de que la intimidad no sea sólo un concepto abstracto, sino que sea una idea que ciertamente ocupa un lugar. La consciencia profunda de nosotros mismos, aquello que sentimos irrenunciablemente como propio, se proyecta más allá de nuestros límites corporales, se concreta y manifiesta en un espacio a nuestro alrededor. Un lugar que consideramos como parte de nosotros mismos, como nuestro último reducto, y en el que se refugian nuestros anhelos y aspiraciones más profundos. Un sistema espacial que no necesita tanto de unos límites precisos, sino que se construye a partir de los objetos en los que proyectamos nuestras convicciones, recuerdos y sentimientos.

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vivienda, industria, otra vez

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La relación entre industria y vivienda es la historia de uno de los grandes fracasos de la modernidad. La casa prefabricada es un mito que la recorre desde sus inicios y aunque tal vez impulsara muchos de sus hallazgos, no se generalizó tal y como muchos de los maestros pensaban. Siempre con la industria del automóvil como referencia – Le Corbusier y su Maison Citröhan, la Casa del Futuro de Alison y Peter Smithson, y tantos otros- ha sido una de esas eternas promesas que nunca llegan. Los motivos han sido diversos. Desde la solidez asociada a la arquitectura o el gusto conservador del gran público, hasta la relación con los medios de producción o el mismo tamaño del objeto. Una casa no es un coche, debe dar respuesta a situaciones programáticas cambiantes en el tiempo de mucha mayor complejidad. La necesidad de repetición invariable para alcanzar un nivel mínimo de producción que permitiera la reducción de costes traía consigo la dificultad para adaptarse a las condiciones propias de cada lugar, las necesidades particulares de cada propietario, la posibilidad de individualización y personalización. La tiranía de las economías de escala, que en principio era su principal ventaja, se convertía también en su principal inconveniente.

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jugando a vivir

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El tiempo es un concepto recurrente cuando se habla de arquitectura. Se piensa en cómo se comportará a lo largo de los años, cómo envejecerán los materiales y cómo se acabará integrando en el entorno. En cómo se transformará según cambien las necesidades. El tiempo se considera parte del proceso de construcción de la arquitectura. El edificio no está realmente terminado cuando se finaliza, sino que lo construido se seguirá transformando y ese devenir se incorpora al proyecto. La arquitectura se construye para el futuro y la posteridad.

Desde el movimiento moderno, al menos, el tiempo además se ha incorporado como parte fundamental de nuestra percepción del espacio. Éste no se concibe de forma estática, no se buscan las perspectivas insólitas, sino que se proyecta para experimentarlo al recorrerlo. El espacio aparece no como algo único e inmutable, sino como dinámico y diverso. La experiencia sensorial supera lo meramente visual e incorpora conceptos e intenciones que superan lo instantáneo.

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