la invención de la memoria

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Que la arquitectura pueda surgir del lugar en que se asienta, que deba partir de las condiciones concretas del entorno, es una idea relativamente reciente. La arquitectura como disciplina formal solía ser un ejercicio abstracto que cuando era materializado, ignoraba aquello que la rodeaba. Pero a lo largo del último siglo, el contexto ha sido uno de los conceptos más utilizados, estudiados y discutidos. Qué se considera contexto y cómo se debe reaccionar ante él son cuestiones que han evolucionado a lo largo de los años. Desde la respuesta a lo próximo, el entorno natural o los edificios vecinos, hasta una noción más abstracta que consistiría en el examen de las formas y estilos que pudieran considerarse propios, estén realmente presentes o no. Paradójicamente de aquí surge una idea de contexto como algo que no se refiere al entorno más próximo y que ni siquiera es puramente físico. Una definición que se dirige más a la realidad cultural y social. El contexto como construcción intelectual que permite a la arquitectura liberarse de las limitaciones de lo inmediato.

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el mundo está bien hecho

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Volvamos al origen. El del mito fundacional de la arquitectura que justifica su invención en la necesidad de defensa frente a la hostilidad del mundo. La primera arquitectura como refugio en que el hombre se defiende de las inclemencias del tiempo y se esconde de los peligros que le acechan. Desde ese momento se comenzaría a distinguir entre el espacio interior, que se considera controlable, frente al exterior, desordenado y hostil.

La arquitectura se ha podido hacer más compleja, pero los vestigios de su origen se reconocen todavía con claridad.  La noción habitual de lo doméstico no es más que el desarrollo de este concepto de la arquitectura como defensa, por el que la casa es el único lugar que el habitante puede considerar plenamente propio. Un lugar en que no sólo cree encontrarse a salvo, sino donde se desarrolla su intimidad. El único en que puede ser realmente él mismo. La casa como expresión de la esencia irreductible de su habitante no es sino un último paso más sofisticado de la arquitectura que surge del temor a la incertidumbre.

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la penúltima vanguardia

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En 1968 comienza su actividad el Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid, fruto de un convenio con la empresa IBM por el que esta le cedía un ordenador, una de esas grandes máquinas del tamaño de una habitación. En ese momento comienzan unos años de efervescencia artística alrededor del centro que suponen una experiencia singular dentro de la cultura española, pero también internacional. Una experiencia intensa pero breve que, sin embargo, pronto cayó en el olvido.

Con motivo del 50 aniversario, el Frac Centre-Val de Loire  de Orleans ha organizado la exposición Madrid, Octobre 68 en la que analiza la actividad artística del Centro de Cálculo en sus primeros cuatro años de existencia. Comisariada por Mónica García Martínez y Abdelkader Damani, la muestra constituye una oportunidad única de recorrer la historia de una experiencia tan inusual como desconocida, y de disfrutar de una amplia selección de las obras creadas alrededor del centro, muchas de las cuales permanecen en colecciones privadas y no se muestran al público habitualmente.

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gatos al sol

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Es conocida la frase en que Souto de Moura alaba la naturalidad de los edificios de Siza comparándolos con gatos durmiendo al sol. Según Georges Perec en Especies de Espacios, cierta casa de Wright “se había insertado en su colina como un gato que se arrebuja con un cojín”. Un elogio de esa arquitectura cuya forma se acomoda de tal modo en el lugar que se presenta como evidente que debía ser así y que no habría podido ser de otra manera.

Pero lo que después se muestra como incuestionable nunca lo es a priori. El edificio se adapta al lugar, sí, pero en realidad, como el gato de Perec, se hace sitio en él. Recoge alguna de sus trazas y las hace propias para imponer una nueva forma de estar allí. Esa naturalidad aparente no deja de ser en realidad artificiosa, el producto de una construcción mental que opera más allá de lo tangible. El resultado de una voluntad que se impone al lugar y al programa, que crea con ellos un organismo nuevo, un sistema cuyas reglas puede que provengan del entorno, pero que desarrollan su máximo potencial cuando se liberan de él.

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la mirada horizontal

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Abrir un hueco en el muro. La costumbre hace que no reparemos en el sentido literal de la expresión. Sabemos, por supuesto, que ese hueco se construye junto al muro, que además este ya no es compacto, sino una sucesión de láminas independientes que se realizan en momentos diferentes. Pero en nuestra imaginación el hueco sigue siendo un elemento que se realiza con posterioridad a la parte sólida de la arquitectura. Un muro macizo y ciego que se rasga. El ambiente oscuro en el que la luz penetra de forma asombrosa por primera vez. El espacio cerrado que de repente se abre al exterior. La mentira constructiva de la metáfora encierra la verdad de la fuerza de una operación aparentemente ingenua pero que desvela la forma en que la arquitectura -el hogar, sus habitantes- se entiende a sí misma y se relaciona con el mundo.

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la trascendencia de la materia

 

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En la parte posterior de la isla de San Giorgio Maggiore, detrás del monasterio y de la Iglesia diseñados por Palladio cuya imagen desde San Marcos es una de las más famosas de Venecia, en un frondoso parque frente a la laguna, la Santa Sede ha invitado a diez arquitectos seleccionados por el historiador y crítico Francesco dal Co a construir un conjunto de pequeñas capillas independientes. Como modelo les propuso la Capilla en el bosque construida por Asplund en el cementerio de Estocolmo en 1920, cuyo diseño se expone en un undécimo pabellón que da entrada al conjunto. El encargo permitía la reflexión sobre la condición de una espiritualidad actual, la creación de un espacio de meditación para la búsqueda personal, en relación con la naturaleza, sin necesidades rituales ni servidumbres a un contexto construido. El individuo que se enfrenta a sí mismo y encuentra solo, en comunión con el cosmos, el camino hacia lo trascendental. Un planteamiento en principio abstracto y etéreo al que sin embargo la mayoría de invitados se han acercado desde la exploración de la materia y la exaltación de su capacidad de expresión. La materia como origen de una experiencia sensorial desligada de cualquier función práctica. La materia desnuda, cruda, brutal, desde la que se inicia el camino hacia lo espiritual.

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esperanza para la arquitectura

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Una profunda declaración de amor y esperanza por la arquitectura como disciplina. Un sentido homenaje a las personas que se dedican a ella en todas partes del mundo. La edición de 2018 de la Bienal de Arquitectura de Venecia huye del espectáculo e intenta mostrar la gran diversidad de perspectivas de una profesión generosa y preocupada por lo que le rodea.

El lema elegido ha sido Freespace, un juego de palabras que podríamos traducir como “Espacio de la gratuidad”, es decir, de lo que se da sin pedir nada a cambio. Un lema abierto, mucho más ambiguo que en las últimas ocasiones, que busca sugerir antes que imponer un camino determinado. Las comisarias han sido Yvonne Farrell y Shelley McNamara, arquitectas irlandesas que combinan una sólida práctica profesional en Grafton Architects con su labor docente en diferentes universidades. En su manifiesto de convocatoria de la Bienal reivindican la arquitectura, ante todo, como espacio. Una arquitectura que promueva un contacto significativo entre las personas y un espacio de calidad, hecho para los habitantes, que satisfaga sus necesidades y eleve su espíritu, sin dejar de lado cuestiones sociales o medioambientales.

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