un paisaje para vivir

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El paisaje es una de las más altas creaciones del hombre. Cuando hablamos de paisaje artificial en realidad estamos recurriendo a un pleonasmo, a una expresión que es redundante pero con la que destacamos una característica que en sí ya es inherente al término. El paisaje siempre es artificial. En contra de lo que podríamos pensar, no se encuentra en la naturaleza. Ni siquiera es una realidad exterior a nosotros. El paisaje está en la mirada del espectador. En la mirada que es capaz de establecer relaciones en lo que no son más que elementos independientes e inconexos. El paisaje es una proyección mental que organiza en un sistema coordinado y coherente estímulos dispersos y sin relación a priori. Al observar un paisaje, al convertir los impulsos exteriores en eso que llamamos paisaje, no solo respondemos a lo que captan nuestros ojos, sino que incorporamos nuestra historia personal, la forma que nuestra cultura tiene de interpretar lo que vemos. Construir el paisaje supone ordenar el mundo, apropiarnos del caos de la realidad para crear un lugar en el que podemos vivir.

La casa establece una estructura personal dentro de la confusión en que nos movemos y al hacerlo crea un paisaje propio. Algunas veces lo hace apropiándose de lo que ya existe, como hacen los jardines zen de Kioto y replica Richard Neutra en sus casas del desierto. Pero, como decíamos, el paisaje no está en las vistas magníficas o en la naturaleza exuberante. El paisaje se crea en la forma en que la vivienda las captura e incorpora a su mundo particular. En la manera que tiene de asomarse al exterior. Por espléndido que sea el panorama, por extraordinario que sea el entorno, lo fundamental será siempre el sistema de referencias propio que crea, tal y como sucede en la Casa Malaparte, Fallingwater, la Ville Savoye, la Farnsworth o la Maison à Bourdeaux.

En ocasiones, por las condiciones de su emplazamiento o por voluntad de sus autores, la casa debe construir el paisaje utilizando únicamente sus propios recursos. Llevamos siglos haciéndolo a través del jardín o el patio. Entornos controlados donde se seleccionan los estímulos del exterior -la luz, la vegetación, el agua- para crear un paisaje autónomo, que no necesitan de otras referencias y que forman una entidad única con la casa. La diferencia entre lo que es natural y artificial se pone en cuestión. El límite entre fuera y dentro se hace difuso. Al seleccionar los estímulos, se aíslan y se intensifica su percepción. La brisa de la mañana, la luz de la tarde, el sonido del agua, la flor del cerezo se convierten en materiales que a un mismo tiempo nos devuelven al mundo y nos seducen por sus cualidades abstractas. Materiales débiles para la construcción de un entorno personal y único. Un paisaje donde vivir.

 

Artículo publicado en la revista Diseño Interior 277. Pdf completo aquí:

DI277-CASAS RADICALES-Green Edge

DI277-CASAS RADICALES-Green Edge

[Imagen: ma-style architects, Green Edge House. Japón, 2012. Fotografía: Nacasa & Partners Makoto Yasuda]

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