¿qué forma debe tener una casa?

Qvarsebo; Qvarsebo

Una casa que parezca una casa. Ése es el encargo más o menos declarado al que nos hemos tenido que enfrentar muchas veces los arquitectos. Pero, en realidad, ¿qué forma debe tener una casa? ¿Por qué todos tenemos una imagen mental que identificamos con lo que el hogar debería ser, independientemente de nuestra historia cultural o del lugar en que vivamos? La verdad es que esa casa-tipo es el resultado de unos condicionantes técnicos y geográficos particulares, sometidos a un proceso de depuración a lo largo de los siglos, pero que hoy no es más que uno de los modelos formales disponibles en nuestro inconsciente colectivo -junto a otros como la cueva, el pabellón de cristal o la caja blanca-.

Si estos arquetipos de la casa pueden constituirse en obstáculos para la producción de nuevas arquitecturas capaces de acoger mejor la vida real y de responder de forma original a los problemas personales de una situación puntual, también debemos reconocer que al eliminar el problema de la forma pueden convertirse en punto de partida fértil de nuevos proyectos. Es decir, una vez que la arquitectura deja de preocuparse por qué forma debe tener, ya que ésta le viene dada, es capaz de concentrarse en otras cuestiones.

Dos herramientas se muestran como fundamentales en ese camino: la abstracción y el juego. Por la primera, la casa es capaz de depurar lo esencial de su forma, vincularse a una legítima aspiración cultural y proyectarse más allá de su realidad actual. La segunda permite una arquitectura que se libera del peso del pasado, la historia y la posteridad. Una arquitectura que no se toma tan en serio a sí misma. Que, paradójicamente, al coger una apariencia previa y que no se pone en cuestión, es más consciente de su carácter efímero, liberada ya de cuestiones formales, estilísticas y representativas.

La casa es un objeto que alcanza su plenitud cuando se coloca en una situación concreta, cuando reacciona ante ella e interactúa con sus habitantes. Cuando éstos la hacen propia, como si fuera un juguete en manos de un niño y la manipulan de forma nueva o inesperada para adaptarla a su voluntad y a sus gustos. El tipo se convierte en algo actual, vivo, profundamente útil. Entonces se deforma para responder a las singularidades del lugar y para dar cobijo a las necesidades de sus propietarios, a sus aspiraciones o incluso a sus antojos. La buena arquitectura será siempre heterodoxa, impura, difícil de clasificar. Construida a partir de espacios que se adaptan, que se deforman, que producen momentos únicos. Espacios que se combinan para crear entidades complejas. Que se desvinculan del conjunto y aíslan para crear situaciones singulares. Espacios concebidos para el momento, construidos para las personas, para dar forma a lo cotidiano. Espacios capaces de lograr una relación cercana con lo que en principio parecería más difícil: una relación de intimidad con lo lejano, con el paisaje y las estrellas.

 

Artículo publicado en la revista Diseño Interior 288. Pdf completo aquí:

di288-casas-radicales-qvarsebo-summerhouse

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[Imagen: Leo Qvarsebo, Casa de verano en Dalarna. Suecia, 2014. Fotografía: Åke E:son Lindman]

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